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Año XXII
Nº 1635 del 26-04-2008
Publicación semanal de Editorial Perfil

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  En agua firme
  “Cuentos de navegantes”, compilado por Juan Bautista Duizeide, prólogo de A. Pérez-Reverte. Alfaguara, 398 págs. $ 45.
   
 

★★★★★ Hacía un tiempo que no circulaba una antología sólida de relatos ambientados en el mar. La que ha realizado Duizeide combina a la perfección lo conocido y lo original, la crónica –en los textos de Lobodón Garra y Leopoldo Brizuela– y la ficción más compleja. Un plus esencial son las fichas biobibliográficas, largas y opinadas.
Incluye dos clásicos absolutos: como cierre del volumen, una de las mejores novelas cortas de mar: “Juventud”, de Joseph Conrad, memorable reconstrucción de la juventud y el riesgo narrada por un veterano ya de vuelta de todo. Y agrega “El bote abierto”, donde Stephen Crane, genio del cuento americano muerto antes de los 30 años, traza el círculo a la vez irrisorio y fatal de la muerte, basado en un caso real.
Esa tercera y última parte, “Naufragios”, la completan “Luna roja”, con el profesionalismo de Roberto Arlt para mezclar el folletón de espionaje con la crueldad de la crónica roja –en “La cadena del ancla”– y el dandismo metafísico de Stevenson en “El barco que se hunde”. Mención aparte merece el poco conocido “Naufragio”, donde el tucumano Hugo Foguet cuenta los pasos de un hundimiento con recursos de extrema originalidad.
En la primera parte, “Singladuras”, un guiño certero reúne a “Walter Kennedy, pirata ilustrado” –una de las “Vidas imaginarias”, de Marcel Schwob–, con “La viuda Ching pirata” –parte de la “Historia universal de la infamia”– de su aventajado discípulo, Jorge Luis Borges. “Los buques suicidantes”, de Horacio Quiroga, es un cuento no selvático, hoy ya clásico de culto. El terror existencial y lovecraftiano figura en “Una voz en la noche”, de W. H. Hodgson; la sorpresa y la crueldad social, clasista, en “La chusma”, de Pierre Mac Orlan; el realismo en toda su potencia testimonial y emotiva en “Rumbo a Puerto Edén”, del chileno Francisco Coloane.
La segunda parte, “Orillas”, comienza con“El regreso”, de Maupassant, que sorprende por la síntesis y eficacia dignas de un Hemingway. Pero lo que predomina es la melancolía, el destino inevitable –casi siempre fatal–, la entrega a la nostalgia o el suicidio, como en los tangos. Ocurre en “Mancuso”, de Carlos María Domínguez; en “Cita en Bergen”, de Álvaro Mutis, y en “Todos los veranos”, de Haroldo Conti. El experimento formal de García Márquez –“El último viaje del buque fantasma”: una sola frase sin puntos– suena un poco arcaico, adherido a la época de su escritura. Merce Rodoreda retrata con fantasía la vida dentro de una ballena y, en el extremo opuesto, Pérez-Reverte alarga con pericia un chiste final rencoroso y estentóreo, en “La pasajera del San Carlos”.
Hay tanta literatura marítima en casi todos los países, que podría armarse una antología del mismo peso y calidad que esta, sin repetir títulos –aunque sí autores–. Entretanto, la selección de Duizeide es una opción de primer nivel.l

   
  Por: Elvio E. Gandolfo

 

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