Año XXII
Nº 1635 del 26-04-2008
Publicación semanal de Editorial Perfil

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EL PAÍS ventea riqueza productiva con el conflicto del campo en lugar de aprovechar la demanda mundial de alimentos.
 
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Es cierto que la Argentina suele ser un enigma para los analistas extranjeros. Pero hoy, más que nunca, se convirtió en un caso de estudio que ronda entre lo económico y lo psicológico.
Tras cinco años de incremento
inédito de los indicadores de crecimiento y en medio de condiciones internacionales inmejorables, presenciamos desde hace más de un mes una pelea feroz entre el Gobierno y el campo. No discuten sobre la reforma agraria ni algún proyecto revolucionario, sino sobre más o menos puntos en el régimen impositivo de retenciones a las exportaciones. Esto, en el marco del impresionante aumento del precio de los alimentos en el mundo, que parece un guante hecho a la medida de la capacidad productiva del campo argentino.
Sin embargo, la duración y gravedad del conflicto actual parecerían propias de un país en estado terminal en el cual los sectores en pugna se reparten las últimas migajas del caos. Las bravuconadas de los funcionarios y las duras medidas de fuerza de los productores, no sólo conmocionan a todos, sino que demandan una pérdida incalculable de sacrificio, tiempo y dinero. Una energía productiva que se ventea absurdamente y que podría aplicarse para hallar nuevos y mayores negocios que generen más divisas y prosperidad, consolidando los mercados existentes y abriendo otros no tradicionales.
Ante la mirada fría de los especialistas internacionales, esta Argentina de cacerolas crispadas, rutas cortadas, patoterismo cruzado y aprietes oficiales, escenifica un espectáculo delirante difícil de comprender. Si en un contexto de condiciones económicas favorables, la sociedad y sus gobernantes están al borde de la histeria, qué sucedería si la situación se pareciera a la del 2001.
Hay momentos en la historia en los que la complejidad de una crisis económica inevitablemente termina contaminando a la política. Y hay otros en los que sucede lo contrario: la torpeza política amenaza a la economía. Estos son los peores, porque son los más innecesarios. El país sigue teniendo una oportunidad histórica. ¿Nos contentaremos el día de mañana con elegir a quién echarle la culpa si hoy no sabemos aprovechar esa oportunidad?

   
  Fotos: Cedoc.
 

   

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