Año XXII
Nº 1635 del 26-04-2008
Publicación semanal de Editorial Perfil

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  Salud emocional
  A la caza de la felicidad
  Qué revelan los últimos estudios sobre la eterna búsqueda del bienestar. El delicado equilibrio entre placeres y excesos. Y las fuentes de alegría de los argentinos.
 

Extraña región la latinoamericana, compuesta por extraños países, como la Argentina, caracterizados por el pensamiento crítico, la demanda constante ante postergaciones sociales, económicas, políticas, de justicia, de libertad, de expresión, muchas veces de libertad de conciencia, y sin embargo, capaces de generar estadísticas que hablan de un sentido individual de autonomía perceptiva respecto de ese engranaje de preocupaciones públicas. Cuando las variables tocan conceptos relacionados con el bienestar y la felicidad, lo tan aparentemente inasible o fatuo –aunque Borges, apesadumbrado no feliz confeso, le había dado cabida intelectual–, se vuelve corpóreo, menos abstracto y banal, plausible de aprehenderse, mirado desde una ciencia que va logrando ascender en la jerarquía de consideraciones relevantes para el diagnóstico y el tratamiento médico. Piénsese, por ejemplo, que una de las clases más populares de la Universidad de Harvard es la de Psicología Positiva dictada por el profesor Tal Ben-Shahar, que enseña las herramientas que cambian la visión del mundo. “Es cierto que las circunstancias externas son importantes. A una mujer que vive en Darfur, Sudán, se le haría difícil alcanzar la felicidad, pero más allá de las condiciones y las libertades básicas, la felicidad hay que encontrarla en nuestro propio estado de ánimo”, sostiene Ben-Shahar.
Nuevo paradigma. La salud emocional –explican– es una práctica consciente; para alcanzarla, se requiere entrenamiento. Busca el equilibrio entre los controles subjetivos que evitan los “excesos” y las cuotas de pequeños placeres que hacen a la vida disfrutable, mediante rituales cotidianos que afianzan los lazos afectivos. Propone actitud positiva, alta autoestima, respeto por los otros y una existencia activa. En tal sentido, entre los consultados, un 96% de los latinoamericanos residentes en las grandes urbes, especialmente las mujeres, está expresando que la salud emocional tiene gran influencia sobre la salud física. Un 90%, que sin ella no se alcanza la felicidad. Y otro indicador adiciona un rasgo: un 43% admite que no se ocupa de atenderla, según el estudio encarado por las consultoras internacionales IPSOS y BMC Innovation Company dado a conocer esta semana.
En la lectura, los expertos avizoran –aun en contextos arduos, salvajes, desoladores, como las megalópolis– el despliegue de un amplio y heterogéneo universo de cuestiones. “Se postula la unidad entre cuerpo y espíritu, olvidando en parte las oposiciones típicas que dividían al hombre entre cuerpo y mente, acción y contemplación, sensibilidad y entendimiento, razón y sentimientos”, concluyeron, a mediados de enero, cuando Buenos Aires fue escenario del primer Simposio Iberoamericano de Felicidad y Salud Emocional, en el cual participaron el español Carmelo Vázquez, profesor de Psicopatología de la Universidad Complutense de Madrid; la chilena Carolina Dell’ Oro, filósofa, consultora educacional y docente; el brasileño Joao Curvo, médico especializado en Nutrición, medicina oriental y ortomolecular; el costarricense Germán Retana, doctor en Administración de Empresas; la mexicana Fernanda Familiar, licenciada en Comunicación y escritora; y los argentinos José Eduardo Abadi, médico psiquiatra, psicoanalista y escritor, y Paula Magariños, socióloga.
Las anotaciones de lo vertido entonces, aseguran que esta forma de entender la salud se ha extendido con fuerza hacia distintos ámbitos de la ciencia, la medicina, el mundo social y la vida cotidiana, “conquistando el sentido común de las poblaciones”. Hicieron mella disciplinas divulgadas en abundancia. Programación lingüística, psicología positiva, psicobiología, neurociencias. También el pensamiento positivo, los best sellers de autoayuda y el auge de las religiones orientales introdujeron novedades en la construcción de un paradigma de salud más amplio –“verdadera revolución silenciosa”, acotan con aire triunfal–, abierto a dimensiones como la afectividad y la esfera emocional, respecto del paradigma dominante de causa y efecto que explica el funcionamiento del cuerpo mecanizado.
Griegos y romanos. Se describe un clima de época actual que contrasta con ciertas líneas del pensamiento masivo en los años 80 y 90. “Existen claras señales que indican que ‘la era del yo’ está llegando a un límite. El individualismo ha vuelto a la sociedad muy inestable y amenaza los vínculos tradicionales (pareja, hijos, amigos)”. Dell’Oro adjunta que se replantea el sentido del bienestar, cuando los registros marcan una profunda necesidad de recuperar los afectos, la convivencia, el compartir. “La primera felicidad está en la capacidad de encontrarnos en la mirada de los otros”, dice.
En esa línea, el planteo es que el narcisismo hedonista –centrado en sí mismo, obsesionado en el cuerpo físico estetizado– comienza a encontrar ciertos límites, lo cual deja la puerta abierta a una serie de transformaciones en la esfera de los valores y de las preferencias de los sujetos que ponen en circulación ideales desplegados hace más de veinte siglos por griegos y romanos. Recrean estas notas que la primera idea de felicidad vinculada con la virtud y la vida práctica surge de Aristóteles. “Luego, aportaron lo suyo las escuelas estoica, epicúrea y escéptica que, cuando pensaron la existencia y la ética, lo hicieron en torno de la idea de felicidad como un logro vinculado con la medida, la moderación y la búsqueda de un estado de plenitud impasible, equilibrado y poco dispuesto a la excitación y al movimiento”.
En los días que corren, algo del espíritu antiguo habría resurgido. Los factores materiales empezarían a perder poder, en la medida en que su conquista termina “encarcelando” a aquellos que lo procuran, recortándoles tiempo de vida y libertad. El profesor Vázquez admite que el individuo sólo puede ser feliz y desarrollarse plenamente cuando hay condiciones materiales, sociales y macrosociales que lo hacen posible. Pero, en la lectura de los datos –entre ellos: un 60% de los argentinos que se consideran más felices, se ocupa de su salud emocional; en los menos felices, ese porcentaje alcanza un 42%–, acota la explicación: “Sentirse satisfecho con la propia vida es el producto de las condiciones en las que vivimos; también obedece al azar, las casualidades, nuestros genes, nuestra personalidad y nuestra actitud vital. Es verdad que las experiencias positivas –tener un buen estado de salud o una condición económicamente desahogada, por ejemplo– contribuyen parcialmente a la felicidad de la gente. A su vez –y esto es algo que no conocíamos hasta hace poco– la gente feliz parece procurarse más experiencias satisfactorias y busca activamente las condiciones de una vida mejor. Sentirse feliz es importante porque la felicidad genera, por decirlo de algún modo, mejores resultados”.
En práctica. Las reflexiones vertidas durante el simposio concuerdan en que la salud emocional supone una trayectoria para ser ejercitada –“¡No es para holgazanes!”, adosa Abadi–. No se encuentra ni se busca, ni es un objetivo; no es un lugar permanente al que se llega ni un momento fijo. “Ningún pensamiento o reflexión que la ate a una dimensión estática da cuenta de ella y de qué hacer para lograrla”.
Como síntesis del trabajo multidisciplinario, los expertos convocados propusieron algunas recomendaciones, sintetizadas en una plataforma organizada en cuatro dimensiones (ver infografía), en las que identifican actitudes y prácticas emocionalmente saludables que dan sentido global a la existencia de cada uno. Coinciden en la responsabilidad individual necesaria para la búsqueda del bienestar en ámbitos comunitarios, de encuentro, donde se comparten experiencias. “La aceptación de lo que uno es, de lo que puede, de lo que no podrá ser, hacer o tener, es parte de la ‘blandura’ para proyectarse. Implica un proceso, una comprensión, con independencia y libertad de los mandatos externos y las ataduras internas”. Entre los primeros, enumeran a las exigencias sociales, los modelos mediáticos, el deber social. Entre las segundas, a los fanatismos, las culpas neuróticas, la codicia, la envidia, la voracidad, y el pensamiento mágico..., tan latinoamericano.l

   
  Patricia Narváez | Fotos: Cedoc.
 
 

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