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La tormenta" llegó a la pantalla de Telefe con
altísimas probabilidades de conquistar al público
y, a juzgar por los resultados de la primera semana al aire,
los pronósticos no fallaron. Ocurre que esta telenovela
tiene varias características en común con
la exitosa "Pasión de gavilanes": ambas
son colombianas, producidas por Telemundo y ambientadas
en escenarios rurales donde los amoríos se viven
a instinto puro. En ambos casos, la regla es la exuberancia:
muchos hombres de torsos bien macizos y casi siempre desnudos;
damas sensuales, casi siempre dispuestas al placer. Se diría
que en medio de esa naturaleza salvaje y pródiga
no queda espacio para el término medio.
En el caso de "La tormenta", el amor entre María
Teresa Montilla (Natalia Streignard, la actriz de "Mi
gorda bella") y Santos Torrealba (Christian Meier)
es un compendio de opuestos que a pedido del autor, no dejan
de atraerse. Ella es una empresaria de refinada vida urbana,
y aún soltera porque, dice, sólo se casará
cuando halle a un hombre con virtudes idénticas a
las de su padre. Pero de buenas a primeras, la empresa quiebra
y la muchacha tiene que irse con su complejo de Edipo a
otra parte: la única alternativa para evitar la debacle
completa consiste en salvar La Tormenta, una hacienda que
guarda cantidades de secretos familiares. Allí va
ella, resuelta a poner orden. En esa tierra, las intrigas
son devastadoras; el machismo es proverbial, tanto que para
referirse a las mujeres, los mozos dicen "yeguas de
dos patas"; las jóvenes andan excitadísimas
por el musculoso Santos Torrealba, el cuidador de La Tormenta.
Fiel a los lineamientos del género, la señorita
Montilla y el campesino comenzarán peleando como
fieras: ella lo encuentra rudo, mujeriego hasta el mal gusto;
él la percibe altanera, terca. Pero, para suerte
de los personajes y de los espectadores, las hormonas serán
más fuertes.
Tanto en la historia central como en las paralelas, la
acción transcurre sin hacerle asco a los estereotipos.
Y hasta se mete con el realismo mágico: por caso,
la disputa entre el monaguillo y la bruja que hierve pociones
y satisface las demandas de una clientela interesada en
servicios tales como lograr que un niño nazca muerto.
El humor, aunque presente, está más cerca
de la ingenuidad que de la sutileza. El resto, es química
pura: un hombre y una mujer con biografías antagónicas
que se atraen fatalmente. l
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