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El francés Henri Beyle, más conocido
como Stendhal, amaba Italia. El italiano Leonardo Sciascia
era más específico: su isla, Sicilia, lo fascinaba
hasta la obsesión; todo lo que tuviera que ver con
ella lo atraía. Como escritores no podían
ser más distintos: Sciascia era un hombre probo,
que respetaba y ejercía la verdad, por tan difícil
de ejercer. Además escribía libros cortos,
y le gustaba bucear las relaciones entre la realidad y los
documentos legales, entre la historia y la vida humana.
En cambio Stendhal basa su fama incluso popular en dos novelas
extensas: "El rojo y el negro", que casi todos
han leído, y "La cartuja de Parma", más
compleja, que enseñó a varias generaciones
de escritores a describir una batalla (en este caso Waterloo).
Además le gustaba enredar las pistas, falsificar
un poco, escapar continuamente. Algo los unía: los
dos admiraban muchísimo a Napoleón.
Este libro excelente recoge las numerosas notas que Sciascia
fue escribiendo a través del tiempo sobre Stendhal,
como buen "stendhaliano" que era. Le gustaba que
el autor de "La cartuja..." escribiera haber estado
en Sicilia, cuando fue en realidad uno de los sitios de
Italia que no tocó.
Sciascia sostenía que cuando uno es joven aprecia
"El rojo y el negro"; cuando madura, "La
cartuja de Parma", y cuando se aproxima la vejez, "Vida
de Henri Brulard". Justamente porque allí aparece
el Stendhal autobiográfico, directo, y a la vez evasivo,
duditativo, romántico empedernido (iba haciendo la
lista cambiante de las mujeres amadas y perdidas). Un autor
que acompañó al gran Napoleón en sus
campañas, y que fue escribiendo textos mezcla de
observación, dolores y pasiones personales, disfrute
del mundo y apuntes donde lo real parece muchas veces no
haberse congelado en lenguaje. A veces vio la Historia con
más claridad y precisión que los historiadores.
La auténtica grafomanía de Stendhal dio
materia escrita para que cualquier "stendhaliano"
(que integran clubes de fans en todo el mundo) se pase varias
vidas tratando de rastrear huellas de otros o hechos reales,
documentos y diarios o notas de viaje ajenas. Tal vez la
palabra más precisa para describirlo sea "encantador".
Pero el "adorable" del título no es idea
de los editores: Pasolini la usaba mucho, pero Sciascia
la esquivaba. Sólo la usó dos veces: "para
una sola mujer y para un solo escritor". Que desde
luego era Stendhal.
Al principio el libro parece una recopilación de
minucias y aclaraciones sobre textos, cartas o erudiciones,
geniales, tan precisas y libres como las que suelen hacer
en sus mejores momentos Borges o Barthes. Pero como en ellos,
la brevedad y la intuición terminan por estructurar
los mejores manuales posibles. Aquí para entrar en
Stendhal, o volver a recorrerlo. Asombra que con tanta minucia
de fechas y nombres, el libro no incluya a su vez las fechas
originales de estos textos, para mejor ubicarlos en el tiempo.
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